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¿Apasionado o Competente?

Seguramente alguien, alguna vez, te dijo que hagas lo que te apasiona porque ahí encontrarás el éxito o llegarás a sentirte realizado… ¿Cómo te está yendo?

Mientras leía al relativamente nuevo Newport entendí algo que años atrás me ocurría cuando decidí dedicarme a esto que llamo Diseño. Vamos por partes.

Recuerdo que en mi época universitaria estuve dedicándole mucho tiempo a encontrarle el gusto a la ingeniería civil, profesión a la que respeto mucho porque mi padre es uno de los mejores ingenieros que ha dado mi ciudad natal, sin embargo al poco tiempo muté hacia la arquitectura y me encontré nuevamente en el mismo camino, buscando el horizonte de mi frustrante pasión por la relación entre el espacio y el ser humano. Tampoco lo logré.

Al tercer año de esta apasionante carrera (para otros por supuesto) me di cuenta que la planificación y la prefiguración era lo que me interesaba, quizás no tanto el objeto de estudio sino esa capacidad de proyectar lo que fuere.

Dejé de perseguir mi pasión hace mucho tiempo. A los 16 años fui músico y compositor titulado que, con ciertos indicadores técnicos de genialidad, todos creímos sería el rumbo “predestinado” para mi como profesional pero, lastimosamente, esa pasión no vislumbraba un buen futuro.

Volviendo al Diseño, me inscribí -y por suerte con un fuerte apoyo de mis padres (por momentos más sponsors que padres)- en una reconocida universidad latinoamericana para perseguir algo que no me apasionaba en lo absoluto pero que su mecánica me quitaba el sueño.

Aquí la primera pregunta de quiebre: ¿Cómo puede alguien que no conoce un tema apasionarse del mismo? O quizás al revés ¿La ignorancia te hace ser locamente apasionado de algo? A los niños les apasiona muchísimas cosas pero con el tiempo y con el enfoque propio de la estructura mental que se adquiere bajo una determinada condición social y cultural van perdiendo el interés; ¿un ejemplo? ¡por su puesto! ¿Cuántos quisimos ser astronautas porque vimos las estrellas en el cielo? ¿Cuántos quisimos ser veterinarios porque nos apasionaba curar a nuestras mascotas? ¿Cuántos quisimos ser arqueólogos porque crecimos jugando con figuras plásticas de dinosaurios? Finalmente, ¿cuántos llegaron a ser eso?

Ser diseñador me trajo ciertas amarguras laborales pero muchas alegrías en el saber. No me bastó y seguí preparándome hasta que llegué al límite que me satisfizo, entendí la forma de pensar con diseño y no pensar para hacer diseño. Me di cuenta, además, que lo hacía mejor que mis colegas cuando llegaron los reconocimientos, aquí empezó mi apasionamiento, no por ser el mejor sino por entender porqué estaba siendo el mejor. Otro punto de quiebre.

Todos necesitamos reconocimiento social porque es una condición humana que, antropológicamente hablando, deviene de ciertos principios como especie ¿les suena lo del individuo alfa? Y esto nada tiene que ver con lo financiero porque, tomado como un número, yo estaba quebrado. Mi ventaja eran mis padres, mis sponsors, mis fanáticos.

Cuando entré al mundo del Branding descubrí que mi pasión era muy pequeña en comparación al alcance de esta estrategia y poco a poco me di cuenta que necesitaba enfocarme más en ser competente que en ser apasionado. La pasión suele cegar y siempre, como el amor, limita la comprensión del mundo en el que nos desenvolvemos; en mi caso el del Branding. Me apasioné del método no de los productos.

Tras varios años desarrollando competencias, saliendo de mi zona de comfort y ganando experiencia acompañada de aplausos y fallidos encontré una nueva pasión: el Marketing. Esta área de las ciencias económico-sociales es más un reto que un gusto porque lo que me apasiona es utilizar mis competencias para conseguir el objetivo.

Resulta interesante pensar en que cuando te dicen que hagas lo que te apasiona están aconsejándote en gran medida a un fallo porque, como dice Newport, esto presupone que sabes lo que quieres y está demostrado que, cuanto más jóvenes, menos del 10% de las personas están seguras de estar escogiendo lo correcto para sus vidas.

Decirle a un estudiante que siga una profesión en base a lo que le apasiona cuando ni siquiera ha hecho un trabajo de introspección, es hasta cierto punto macabro.

Por otro lado, en mi caso por ejemplo, nunca pude sentirme satisfecho trabajando en lo que me apasiona sino en lo que mis competencias me permiten hacer y llegar a ser. Me siento realmente cómodo cuando empujo mis límites para aprender más, equivocarme más, explorar más, absorber conocimiento, poner en duda la teoría e incorporar nuevas herramientas a mi quehacer; esto potencia mi capacidad de conseguir objetivos más precisos. Esto sí me apasiona.

Finalmente, décadas de estudios en Recursos Humanos indican también que los profesionales más apasionados con su trabajo lo son por el tiempo que han venido construyendo sus carreras, es decir, se han ido apasionando de lo que saben hacer porque van perfeccionando técnicas, construyendo relaciones públicas, ganando reconocimiento social basado en el trabajo real y no en el discurso del mundo digital, y conectando cada vez mejor con las personas. Eso les empodera.

La pasión cambia y puede cambiar conforme pasa el tiempo pero las competencias adquiridas se mantienen y se perfeccionan; por esa razón no me creo esa frase muy marketera de “hacer lo que amas” sino que prefiero amar lo que hago, mismas palabras pero de significados in extremis opuestos.

En el camino vuelvo a esa primera pasión, a esa música, que seguramente ya no la siento lejos, ni abandonada… simplemente esa es mi pasión y disfruto de ella así como me siento exitoso con mis competencias.

Para mi la pasión sigue la maestría no al revés y la maestría se construye no sólo se siente. Prefiero ser competente a ser apasionado.